Reflexiones, herramientas y miradas desde la terapia Gestalt para acompañarte en tu proceso de autoconocimiento.
No tienes que saber exactamente qué te pasa. Empieza por la frase que más se parezca a lo que estás viviendo y, desde ahí, sigue leyendo.
Cuando tu vida parece estar bien, pero tú no terminas de sentirte dentro de ella.Empezar por “Me siento vacía” →
Autoexigencia, culpa al descansar y esa sensación de que todavía podrías hacer un poco más.Empezar por “Me exijo demasiado” →
Cuando pedir, recibir o dejar que alguien te cuide resulta más incómodo que seguir encargándote tú.Empezar por “Me cuesta pedir ayuda” →
Desconexión, piloto automático y dificultad para poner palabras a lo que te ocurre.Empezar por “No sé qué siento” →
Sabes que lo necesitas pero algo te frena. El miedo a lo que puedas descubrir, a abrirte, a ser juzgada.
Hagas lo que hagas, nunca te parece bastante. La sensación de no ser suficiente te acompaña como una sombra.
La culpa aparece cuando descansas, cuando dices que no, cuando te cuidas. Una culpa que no te deja vivir.
Las vacaciones terminan y lo que sientes no es un simple bajón. Es tu vida diciéndote algo importante.
Tu vida funciona, pero por dentro algo no encaja. Esa sensación de vacío que no sabes explicar.
Has vivido pendiente de lo que se esperaba de ti y ahora te cuesta reconocer qué quieres tú.
Los días pasan y apenas los sientes. Cumples, produces, funcionas. Pero no vives. ¿Cuándo dejaste de estar presente?
Se suponía que a los 30 lo tendrías claro. Pero la realidad no se parece a lo que imaginabas.
Atrapada entre dos fuerzas opuestas que tiran en direcciones contrarias. El conflicto interno que paraliza.
Llegas a casa después de un día productivo y, en lugar de sentir satisfacción, repasas todo lo que no has hecho.
La ruptura pasó, pero tú sigues ahí. Repitiendo conversaciones, buscando señales, sin poder soltar.
Saltas de relación en relación o te quedas en una que no funciona por miedo a la soledad.
Has aprendido a no necesitar a nadie. La autosuficiencia te protege, pero también te aísla.
Dices que sí cuando quieres decir que no. Aceptas más de lo que puedes. Y cuando pones un límite, aparece la culpa.
Algo no está bien, pero no sabes nombrarlo. Entre el amor y el malestar, la línea se ha difuminado.
Siempre eres tú quien da el primer paso, quien cede, quien se adapta. El desequilibrio te agota.
Sostienes, organizas y anticipas. El desgaste aparece cuando esa capacidad deja de ser una elección.
Te callas para no incomodar. Guardas lo que sientes para no ser una carga. Pero el silencio también pesa.
Notas que algo pasa, pero no encuentras la palabra. Cómo empezar a reconocerlo sin ponerte una etiqueta.
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